11.21.2011

EL CEREBRO BAJO JUICIO

Un reconocido neurocientífico describe en este artículo cómo los avances en la ciencia del cerebro comienzan a cuestionar la real libertad de decisión que tienen algunas personas que cometen actos criminales.

TEXTO David Eagleman/The Atlantic  ILUSTRACIÓN: JuanTorneros.

EL 1 de agosto de 1966, Charles Whitman subió al último piso de la torre de la Universidad de Texas, en Austin. El joven de 25 años llegó a la terraza con un bolso lleno de armas. Una vez arriba, mató al recepcionista con la culata de su rifle. Dos familias subieron por las escaleras; les disparó a bocajarro. Luego comenzó a disparar indiscriminadamente a la gente que estaba abajo. La primera en caer fue una embarazada. Mientras su novio trataba de ayudarla, Whitman también lo alcanzó. Luego vinieron peatones y el conductor de una ambulancia que llegó a rescatarlos.


La noche anterior, Whitman escribió una nota suicida: “Realmente no me entiendo por estos días. Se supone que soy un joven medianamente razonable e inteligente. Sin embargo, últimamente he sido víctima de pensamientos extraños e irracionales”.

Cuando la policía logró derribarlo, Whitman había asesinado a 13 personas y herido a otras 32. La historia estuvo en los titulares al día siguiente. Cuando llegaron a su casa en busca de pistas, el episodio se volvió aún más extraño: a primera hora del día del tiroteo, había asesinado a su madre y acuchillado a su esposa mientras dormía. Junto al shock de los asesinatos, había una sorpresa más oculta: la yuxtaposición de sus aberrantes acciones con su intachable vida personal. Whitman era un Eagle Scout y un ex marine, estudiaba ingeniería arquitectónica en la Universidad de Texas. Luego del tiroteo, todo el mundo quería respuestas. Whitman también.

En su nota suicida pedía que le hicieran una autopsia para determinar si algo había cambiado en su cerebro.

El cerebro de Whitman fue examinado. Se descubrió un tumor del tamaño de una moneda, llamado glioblastoma, que había crecido debajo del tálamo, vulnerando al hipotálamo y comprimiendo la amígdala, la cual participa de la regulación emocional, especialmente del miedo y la agresión. A fines del siglo 19, se descubrió que los daños a la amígdala causaban perturbaciones emocionales y sociales. En los 30, Heinrich Klüver y Paul Bucy demostraron que el daño a esta estructura provocaba una constelación de síntomas, incluyendo la ausencia de temor, embotamiento de las emociones y sobrerreacciones. La intuición de

Whitman era correcta.

Cuando cambia la biología, también lo hacen los deseos y la toma de decisiones. Los impulsos que uno da por sentados (“soy heterosexual/ homosexual”, “soy agresivo/no lo soy”) dependen de los intrincados detalles de la maquinaria neuronal. Aunque se piense que realizar estos impulsos corresponde a elecciones libres, un examen más detallado muestra los límites de este supuesto.

Cuando los lóbulos frontales se ven comprometidos, las personas se vuelven desinhibidas y emergen comportamientos extraños.

La desinhibición se ve, por ejemplo, en pacientes con demencia fronto temporal. Con la pérdida de tejido cerebral, los pacientes pierden la habilidad de controlar sus impulsos ocultos. Para desgracia de sus seres queridos, violan las normas sociales de múltiples formas: roban frente a los encargados de las tiendas, se desnudan en público, comen basura o son transgresores sexuales. Habitualmente, terminan en las cortes, donde sus abogados y doctores deben explicar que las violaciones a la ley no son culpa del perpetrador: buena parte de su cerebro se ha degenerado y la medicina no ofrece cura (57% de los pacientes con esta demencia viola las normas sociales, en comparación con el 27% de los pacientes con Alzheimer).

Trastornos en el balance de la química cerebral, incluso los más pequeños, pueden causar grandes e inesperados cambios de comportamiento.

Las víctimas de Parkinson son un ejemplo. En 2001, las familias de los pacientes de esta enfermedad comenzaron a notar algo extraño. Cuando se les administraba un medicamento llamado pramipexole, algunos se volvían jugadores patológicos.

Eran personas que nunca antes habían apostado y que ahora volaban frecuentemente a Las Vegas. Para muchos, la nueva adicción incluía comer compulsivamente, el consumo excesivo de alcohol e hiperactividad sexual.

¿Qué ocurría? El Parkinson implica la pérdida de células cerebrales que producen dopamina, y el pramipexole funciona supliéndola.

Pero la dopamina cumple una función doble. Además de su papel en la motricidad, también media en los sistemas de recompensa, impulsando a una persona a comer, beber, a buscar una pareja y otras cosas que son útiles para la supervivencia. Debido al papel que tiene la dopamina en equilibrar los costos y beneficios de las decisiones, los desniveles pueden provocar el juego, la comida en exceso o una adicción a las drogas: comportamientos que resultan de un sistema de recompensa que se ha vuelto loco.

Preguntas incorrectas

¿El descubrimiento del tumor de Whitman modifica lo que usted piensa sobre sus asesinatos sin sentido? ¿Afecta la sentencia que tendría que haber recibido si hubiese sobrevivido? ¿El tumor cambia el grado en que uno considera que los asesinatos fueron “su culpa”? Pero, ¿no sería peligroso concluir que las personas con un tumor están libres de culpa por sus crímenes?

A medida que mejora nuestra comprensión sobre el cerebro humano, los tribunales están siendo, crecientemente, desafiados por este tipo de preguntas.

Lo que el sistema legal quiere saber es si un criminal es imputable. ¿Fue culpa de él o de su biología?

Creo que son preguntas incorrectas. Las elecciones que hacemos están inseparablemente ligadas a nuestros circuitos neuronales, por lo que no hay modo de separarlos.

Mientras más aprendemos, más complicado se vuelve el concepto de la imputabilidad.

Muchos creemos que todos los adultos poseemos la misma capacidad de hacer elecciones razonables. Es una idea generosa, pero errada, ya que los cerebros de las personas son inmensamente distintos, aun teniendo la posibilidad de ser iguales al ser concebidos.

Si se piensa que la genética no afecta cómo se comportan las personas, considere este hecho: si se es portador de cierto conjunto de genes, la probabilidad de cometer un crimen violento es el cuádruple. Hay tres veces más posibilidades de robar, cinco veces más de cometer un asalto, ocho veces más de ser arrestado por asesinato y 13 veces, por una ofensa sexual. La abrumadora mayoría de las personas presas es portadora de este conjunto de genes, así como el 98,1% de los condenados a muerte. Estadísticas que indican que no podemos presumir que todos llegamos igualmente equipados respecto de nuestros impulsos y comportamientos.

Y esto alimenta una conclusión mayor: no somos nosotros los que conducimos nuestro comportamiento. Quiénes somos es algo que está muy por debajo de la superficie de nuestro acceso consciente, y los detalles vienen mucho antes de nuestro nacimiento, del momento en que un espermatozoide se encontró con un huevo y nos traspasaron ciertos atributos y no otros. Quiénes podemos llegar a ser es algo que comienza con nuestros mapas moleculares, mucho antes de que tengamos algo que ver con ello.

Genes vs. Ambiente

Los genes son parte del cuento, pero no todo el cuento. También somos influidos por los ambientes en que crecemos. El abuso de sustancias por una madre durante su embarazo o el bajo peso al nacer pueden influir en cómo será el bebé de adulto. Mientras el niño crece, el abuso físico o un golpe en la cabeza pueden impedir un normal desarrollo mental, al igual que el entorno físico. Y cada experiencia a lo largo de la vida puede modificar la expresión genética (activando ciertos genes o apagando otros), lo cual puede gatillar nuevos comportamientos.

Los genes y el entorno están entrelazados.

Las complejas interacciones entre los genes y el entorno implican que todos los ciudadanos —iguales ante la ley— poseen diferentes perspectivas, personalidades y capacidades para tomar decisiones. Los únicos patrones de la neurobiología al interior de nuestras cabezas no califican como elecciones: es la mano de juego que hemos recibido.

Como no escogemos los factores que afectaron la formación y estructura de nuestro cerebro, comienzan a hacer surgir signos de interrogación en torno a los conceptos de libre albedrío y responsabilidad personal. ¿Tiene sentido decir que Alex tomó malas opciones, aun cuando el tumor en su cerebro no era su culpa? Puede que exista el libre albedrío, pero una cosa es clara: si existe, tiene poco espacio para operar.

En el mejor de los casos, puede que sea un pequeño factor sobre una vasta red neural configurada por los genes y el entorno.

El estudio de los cerebros y el comportamiento está en medio de un cambio conceptual.

Históricamente, ha existido una distinción entre los desórdenes neurológicos (“cerebrales”) y desórdenes siquiátricos (“de la mente”), que ahora tiende a desaparecer.

La principal fuerza de este cambio ha sido la efectividad de los tratamientos farmacéuticos.

Una amenaza no hace desaparecer la depresión, pero una pequeña píldora llamada fluoxetina sí lo hace. Los síntomas de la esquizofrenia no se superan con exorcismo, pero pueden ser controlados con la risperidona.

Las manías no responden al ostracismo, pero sí al litio. Estos éxitos, introducidos en los últimos 60 años, han resaltado la idea de que no tiene sentido decir que algunos desórdenes son “problemas cerebrales” y que otros están en el inefable ámbito de “lo síquico”.

Hemos comenzado a abordar los problemas mentales de la misma forma como lo haríamos con una pierna rota.

La tecnología seguirá mejorando y algún día podríamos descubrir que muchos tipos de malos comportamientos tienen una explicación biológica básica, como ya ocurrió con la esquizofrenia, la epilepsia o la depresión.

Actualmente, la neuroimagenología es una tecnología cruda, incapaz de explicar los detalles de comportamientos individuales. Sólo podemos detectar problemas de gran escala, pero en las próximas décadas seremos capaces de detectar patrones en micro circuitos inimaginablemente pequeños, que se correlacionan con problemas conductuales. La neurociencia estará más equipada para decir por qué las personas están predispuestas a actuar como lo hacen.

Equipo de rivales

Mis colegas y yo estamos proponiendo un nuevo enfoque, que nace de entender al cerebro como un equipo de rivales, con distintas poblaciones neurales compitiendo por el control del comportamiento. Debido a esta competencia, el resultado puede ser filtrado.

Este enfoque lo denominamos “entrenamiento prefrontal”.

La idea básica es que los lóbulos frontales puedan suprimir los circuitos cerebrales de corto plazo. Con este fin, mis colegas Stephen LaConte y Pearl Chiu han comenzado a dar feedback, en tiempo real, a personas a las que se les escanean sus cerebros. Imagine que usted quiere dejar de fumar. En este experimento, usted ve imágenes de cigarrillos mientras los doctores observan qué regiones están involucradas en su deseo. Luego le muestran la actividad de esas redes, representadas por una barra vertical en una pantalla de computador, mientras usted ve más imágenes de cigarrillos. La barra actúa como un termómetro de su deseo: si su deseo es alto, la barra es alta; si usted está suprimiendo el deseo, la barra es baja. Su tarea es hacer que baje. Quizás intuye qué hace para resistir el deseo; quizás el mecanismo es inaccesible.

En todo caso, usted recorrerá distintos caminos mentales hasta que la barra comience a bajar lentamente.

Cuando baja del todo, significa que ha reclutado al lóbulo frontal para apagar la actividad en las redes involucradas en el deseo impulsivo.

La meta es que el largo plazo triunfe sobre el corto. Sigue viendo cigarrillos, y usted logra que la barra baje una y otra vez, hasta que ha fortalecido los circuitos frontales. Con este método, usted es capaz de visualizar la actividad en partes de su cerebro que necesitan modulación, y puede ser testigo de los efectos de los diferentes enfoques mentales que podría adoptar.

Si esto suena a “biofeedback” de los 70, sí lo es, pero con una sofisticación mucho mayor que permite monitorear redes específicas al interior de la cabeza, en lugar de colocar un electrodo en la piel. Esta investigación recién comienza, de modo que su eficacia aún no se conoce, pero si funciona implicará un gran cambio. Podremos llevarla a la población penal, especialmente a quienes serán prontamente liberados, para evitar que vuelvan a atravesar las puertas giratorias de la prisión.

Este entrenamiento prefrontal está diseñado para equilibrar de mejor forma el debate entre las partes de largo y corto plazo del cerebro, brindando la opción de reflexionar antes de actuar a quienes carecen de ella.

Ello no es más que madurar. La principal diferencia entre un cerebro adolescente y uno adulto es el desarrollo de los lóbulos frontales. La corteza prefrontal humana no se desarrolla completamente hasta los 20 años, y es este hecho el que está detrás del comportamiento impulsivo de los adolescentes. A los lóbulos frontales se les llama ocasionalmente el órgano de la socialización, porque socializarse involucra en gran parte desarrollar los circuitos para suprimir los primeros impulsos.

Esto explica por qué el daño a los lóbulos frontales desenmascara comportamientos no socializados, que nunca habríamos pensado encontrar en nuestro interior. Recuerde a los pacientes con demencia frontotemporal que roban en tiendas, se desnudan y cantan en momentos inadecuados. El mismo tipo de

desencubrimiento funciona en las personas que salen y se emborrachan hasta decir basta: desinhiben la función normal de los lóbulos frontales y dejan que las redes más impulsivas tomen el control. Después de entrenar en el gimnasio prefrontal, una persona puede seguir ansiando un cigarrillo, pero sabrá cómo vencer el deseo, en vez de dejarse vencer por éste. No es que no queramos disfrutar de nuestros pensamientos impulsivos (Mmm, chocolate), es que queremos dotar a la corteza frontal con algo de control sobre si debemos actuar sobre ellos (¡Paso¡). De modo similar, si una persona piensa cometer un acto criminal, eso será permisible mientras no llegue a actuar.

Si una persona piensa en las consecuencias de largo plazo y aún así decide seguir adelante con un acto ilegal, entonces hay que responder de acuerdo con ello. El entrenamiento prefrontal deja intacto al cerebro —no hay drogas o cirugía— y usa los mecanismos naturales de la plasticidad cerebral para ayudar al cerebro a ayudarse a sí mismo.

La neurociencia está comenzando a tocar cuestiones que antes estaban en el dominio de los filósofos y sicólogos, cuestiones sobre cómo las personas deciden y sobre el grado en que esas decisiones son realmente “libres”.

No son preguntas ociosas. Al final, ellas configurarán el futuro de la teoría legal y crearán una jurisprudencia informada biológicamente.

TENDENCIAS ciencia LATERCERA Sábado 23 de julio de 2011.